Cambiar de opinión con Masterchef

Hay una frase a la que recurro con frecuencia, o lo que es lo mismo, cada vez que me da la gana. La escuche hace años y me encanta.

“Me reservo el derecho a cambiar de opinión” es una de las afirmaciones más honestas que conozco. Cambiar de opinión significa admitir que una estaba equivocada, que ha aprendido algo nuevo o que es capaz de tener otra perspectiva. O que el sujeto analizado ha cambiado, y esta cambio lo hace encajar en nuestra cabeza (o corazón).

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No se si yo he cambiado o Masterchef ha cambiado, pero mi opinión sobre el programa que mantiene a los cientos de miles de cocinitas españoles pegados a la pantalla los martes por la noche, ya no me parece una cutrez con pretensiones.

En esta última edición, la dificultad de la prueba que consistía en elaborar un plato de pasta fresca con su relleno y salsa en un tiempo record, me pareció estupenda.

Los aspirantes, envidia de todos nosotros, están empezando a demostrar unas maneras que en un principio no supe ver. El ritmo del programa ha mejorado y las pruebas entrañan una dificultad que, como leí en el Facebook del Chef Carl Borg, pondrían en un aprieto a más de un profesional de los fogones.

Tal vez ahí es donde empieza la diversión. Los más variopintos personajes procedentes de oficios que nada tienen que ver con la cocina, están demostrando que ponerse delante de unas sartenes y buen producto no es solo questión de diplomas en prestigiosas escuelas de hostelería, stages en grandes restaurantes y la mejor tecnología.

El talento en la cocina de Clara o Maribel es innato. Poseen la cualidad de saber combinar elementos, armonizar sabores, presentar propuestas coherentes y, lo que considero más importante: emocionar con sus platos.

Este programa es un talent show basado en las emociones, porque la cocina es emoción pura. Un buen guiso excita todos nuestros sentidos y puede ser la pasarela que nos lleve a un recuerdo de la infancia o a una vivencia de hace mil años que llevamos grabada en esa almendrita de nuestro cerebro que es la amigdala.

Este programa está empezando a emocionarme, salvo la presencia innecesaria de la presentadora demasiado delgaducha y la poco atractiva seriedad del único miembro femenino del jurado Samantha Vallejo-Nájera, y los participantes están empezando a tocarnos una fibra muy sensible.

Lástima que no podamos lamer la pantalla ni olfatear el mando a distancia para compartir esas sensaciones. De momento, hay que quedarse con los únicos sentidos que nos deja la tele: la vista de los platos y el sonido de la elaboración de las recetas.

Espero que Masterchef siga sorprendiéndonos, aunque de no ser así, volveré a sentirme libre de cambiar de opinión.

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